
¿Quién no ha soñado con dormir mecido por las espigas? Esta imagen bucólica inspitró a los jóvenes arquitectos españoles Emiliano López y Mónica Rivera. Firman un hotel en Navarra que se ha convertido en el proyecto del momento.
Dicen de sí mismos que les gusta convertir las restricciones de los proyectos en oportunidades, poniendo el énfasis en la claridad constructiva y la intervención discreta. Ni un gurú del marketing lo habría definido mejor. Emiliano López y Mónica Rivera acaban de ganar el Premio de Arquitectura Joven de la X Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo por el hotel Aire de Bardenas, un proyecto que refleja con suma claridad esta definición que ellos mismos dan sobre su forma de hacer arquitectura.
El hotel se encuentra situado en un entorno algo singular. Casi hostil. Se trata de un campo de trigo cerca de Tudela donde el Cierzo azota sin tregua. Con la cantidad de hoteles que hay que basan su valor en su paisaje bucólico circundante, en un principio, los promotores del hotel Aire de Bardenas sólo tenían como reclamo los espectaculares paisajes desérticos del parque natural de las Bardenas Reales de Navarra que se encuentra en las inmediaciones. Sin embargo entre todos convirtieron esas restricciones paisajísticas en oportunidades, como dirían López y Rivera. “Cuando se nos planteó el proyecto, pensamos que seria increíble realmente poder dormir en medio de un campo de trigo: disfrutando del campo, pero a cubierto de su hostilidad”, comentan los arquitectos.
Por dentro, el hotel se presenta como una sucesión de cubos de acero brotados en mitad del campo, un planteamiento contemporáneo que nada tiene que ver con la arquitectura costumbrista -que generalmente tratan de salvaguardar los hoteles rurales. Estos cubículos, que albergan las 22 habitaciones y zonas comunes del hotel, buscan la protección climatológica y se organizan en torno a un patio central. A su vez, algunas habitaciones cuentan con un patio propio dotado de árboles y una moderna tina.
Por fuera, el hotel trata de no desentonar mucho con el paisaje. López y Rivera idearon así una fachada independiente a los cubículos realizada con las mismas cajas que se utilizan para recolectar la fruta y las verduras en la zona. Más que una fachada es una muralla de cajas de madera que sirve además como cerramiento, deteniendo el viento e impidiendo que los cubículos de acero queden a la vista.
Estos cubículos funcionan como pequeños refugios cuyo fría piel de acero contrasta con su cálido interior. López y Rivera han diseñado la mayoría del mobiliario y del equipamiento interior, propiciando esa misma calidez y serenidad que se percibe del campo de trigo a través de las ventanas-mirador con las que han provisto los cubículos. Se llaman ventanas habitables, porque tienen una profundidad exagerada y han sido habilitadas para que funcionen no sólo como miradores protegidos sino también para que en ellas sus ocupantes puedan sentarse a leer o a ver la televisión, integrada en los laterales. Incluso funcionan como sofá o cama supletoria.
Establecidos en Barcelona con su propio estudio desde 2001, Emiliano López y Mónica Rivera se conocieron en 1999 cuando cursaban un máster de arquitectura en la Universidad de Harvard. Él es de origen argentino, aunque se crió en Barcelona, donde estudió arquitectura. Ella es de Puerto Rico y toda su formación tuvo lugar en Estados Unidos. Con 38 y 37 años respectivamente y en una profesión en la que se empieza a sacar la cabeza en torno a la cuarentena, aún se les considera neófitos. Entre sus trabajos previos se encuentran un instituto y dos promociones de vivienda pública. La que realizaron en el barrio de Sant Andreu de Barcelona, como resultado de un concurso para arquitectos menores de 40 años organizado en 2003 por la Generalitat de Catalunya y el COAC, ganó también el premio de Arquitectura del FAD en 2008. “Los concursos públicos son una buena manera para empezar cuando uno tiene poca experiencia”, comenta Emiliano. “En un concurso puedes expresarte libremente. Son como un laboratorio de experimentación. La mayoría de los concursos no se ganan, pero en casi todos se desarrollan ideas que con perseverancia casi siempre acaban pudiendo ser contrastadas con la realidad”.
Con la ristra de galardones que obtuvieron en 2008 más el premio de la Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo de este año “el teléfono suena más”, comenta Emiliano. Sin embargo, su intención no es crecer sino mantenerse como un estudio pequeño. “Nos gusta estar muy encima de los proyectos. Creemos que para poder controlar bien de cerca un trabajo, a veces hay que renunciar a otros. Intentamos siempre encontrar un equilibrio entre la cantidad de proyectos que tenemos entre manos y nuestra capacidad para gestionarlos sin perder el control del diseño”, explica. Les gustaría que de ahora en adelante les llegaran más clientes como el del hotel Aire de Bardenas. “Lo que más nos interesa es la actitud de las personas que están detrás de los proyectos. Gente que no tenga prejuicios” concluye Emiliano.
Publicado en El País Semanal.
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